El crowdsourcing es un modelo de negocio que utiliza los medios digitales para realizar una tarea de forma colaborativa con un gran número de usuarios.
Hace tiempo que se habla de la creciente capacidad tecnológica para producir, tratar y difundir información. Además, estamos asistiendo al desarrollo de una nueva sociedad donde la calidad, la gestión y la velocidad de la información se convierten en un factor clave de la competitividad, tanto para los generadores de información como para los consumidores.
La información es el principal objetivo en muchas de las relaciones del entorno social media, percibida en muchas ocasiones como el equivalente al saber o al conocimiento. Y sin embargo, Jose Manuel Ballester nos indica en el artículo De la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento que, a pesar de que el conocimiento se base en la información, este por sí solo no genera conocimiento.
Internet nos permite tener acceso a toda esta información y por lo tanto al conocimiento, pero sobre este tema Hiroshi Tasaka afirma en una entrevista a Infonomía que: “lo importante no es el conocimiento, sino la sabiduría”. En la sociedad del conocimiento, el conocimiento pierde valor, puesto que desde nuestro ordenador o teléfono podemos acceder a todo el conocimiento del mundo. Por lo tanto, si nuestro objetivo es generar buenas ideas e innovar, debemos estimular la inteligencia colectiva porque “la revolución 2.0 ha creado un nuevo mundo: la sabiduría de una multitud”, capaz de diseñar ideas en equipo más ricas que las que puede desarrollar un solo experto.
Un matiz importante sobre esa sabiduría
Esa última idea hay que acotarla, porque se ha repetido mucho más de lo que se ha entendido.
La sabiduría de las multitudes que popularizó James Surowiecki en 2004 no dice que un grupo piense mejor que un experto. Dice algo mucho más estrecho: que la agregación de muchos juicios independientes estima mejor una magnitud que la mayoría de los individuos que la componen. El caso fundacional es de 1906, cuando Francis Galton comprobó en una feria de ganado que la media de casi ochocientas apuestas sobre el peso de un buey se acercaba al peso real más que las de los ganaderos expertos.
Y funciona solo si se cumplen unas condiciones bastante exigentes: opiniones diversas, formadas de manera independiente, sin que unos vean lo que responden los otros, y un mecanismo que las agregue.
En cuanto la gente delibera junta y se influye, el efecto desaparece o se invierte: las opiniones convergen, la primera que se dice ancla al resto y el grupo acaba más seguro y no más acertado. Es lo mismo que ocurre con la generación de ideas en grupo, que tratamos al hablar del brainstorming: los experimentos dan más y mejores ideas cuando cada uno trabaja por separado y se juntan después.
Y el negocio, que es lo que da título a esto
Del entusiasmo de aquellos años quedan tres lecciones bastante claras:
Funciona para tareas que se pueden trocear y verificar. Traducir fragmentos, etiquetar imágenes, corregir mapas, reunir datos. Ahí la multitud es imbatible en coste y escala.
Funciona mal para trabajo creativo por encargo. Los concursos abiertos de diseño en los que decenas de profesionales trabajan gratis y cobra uno se llaman en el oficio trabajo especulativo, y las asociaciones profesionales llevan décadas desaconsejándolos. No es solo una cuestión gremial: al no haber conversación con el cliente ni acceso al problema real, se compran propuestas bonitas y desinformadas.
Lo que aguanta no es la multitud, es la estructura. El ejemplo mayor de éxito, la Wikipedia, no es una masa opinando: es una comunidad con normas explícitas, jerarquía de permisos, exigencia de fuentes y control de versiones. La multitud aporta el volumen; lo que produce la calidad son las reglas.
Que es, en el fondo, la misma conclusión del artículo: el conocimiento no se genera acumulando información. Ni acumulando gente.







